Érase una vez (como toda historia) que en el "viejo" continente y en un lugar dell'Italia de cuyo nombre no conviene informar, yacía un gentil caballero cómodamente sentado a 7 grados de temperatura en una oficina del servicio público gubernamental, sí, de aquellas oficinas eficientes y amables como las hay en tantísimas partes del mundo, ubicada en algún callejón centenario de los que a primera vista te asustan y donde el sol no entra, creo que por el miedo de encontrarse con no sé qué, a tan tempranas horas del día.
Definitivamente la naturaleza es sabia y los humanos somos incorregibles, porque aún en verano el sol se niega a cruzar por el callejón, pero ni la oficina es trasladada, ni los humanos nos negaremos a formar parte de la biodiversidad de los bajos mundos.
Cuando el gentil caballero entra en la oficina, curiosamente le recibe la tos de un señor que tiene delante, por un segundo su mente recordó la historia sobre la tisis de comienzos del siglo XX y con la habilidad del pillo, o la del mago, subió disimuladamente su bufanda dos centímetros arriba de la punta de su nariz. ¡Chè freddo! musitó el caballero mientras sus ojos recorrían aquel hogar geriátrico al que había ingresado, preguntándose si se había equivocado de oficina, pero no, estaba en la correcta.
Tras recorrer la escalera de unas tres decenas de escalones, que bien para la estación podría llamársela 'zona de calefacción', lentamente ingresa al salón principal del primer piso - hay que recordar que existe el piso cero - . Allí ubica un pequeño espacio en la pared para apoyarse. Su segunda impresión es que a su mediana edad se siente un adolescente entre tantos "expertos" que acuden al lugar; algo bueno, pensó él, mientras contemplaba aquel número 68 que azarosamente tuvo por turno.
Eran las 9:20 a.m. de aquel 25 de enero, su visión de inquisidor jubilado le ayudaba a contemplar en detalle tan nuevo espectáculo recreando la imaginación, quizás como forma de romper la monotonía y mantener la calma luego de escuchar "numero 12, posse passare".
Las edades de la concurrencia sumaban casi el medio milenio, armonizaban perfectamente con el entorno y la arquitectura barroca de aquel palacio, mosaicos de mármol adornaban el piso, ventanales de 3 metros de altura apilados como fichas de dominó circundaban el recinto, colecciones de abrigos y sacos en generosa escala de grises y negros contrastaban la luz media que penetraba los ventanales, jugando caprichosamente con el blanquecino cal de las paredes y realzando las delicadas huellas que sobre las despeinadas canas, una orgía de almohadas plasmó en la placentera noche de aquella concurrencia.
No desentono excepto por el cabello, pensó el gentil caballero mientras repasaba su gabardina y guantes de cuero negro, la bufanda de lana cardada en color tabaco y la boina de paño gris escocés que intencionalmente inclinada del lado izquierdo, atraía las miradas de más de una y de uno. Una sonrisa tipo Gioconda se dibujó discretamente.
Jugando a los sentidos no prosiguió tal sonrisa, el frío no ayudaba, la posición no era la más cómoda, aquellas voces añosas musicalizaban en majestuoso coro una oda a la bronquitis crónica, y ese olor, sí, el inolvidable olor al cajón de la mesa de noche de sus abuelos por un momento se mezcló con el almizcle de los concurrentes. Fue una sensación como tantas percibidas por Jean Baptiste Grenouille, la fórmula química se hizo clara: mentol, lanolina, alcanfor, naftalina, matizados con delicadas notas de musgo y tabaco ¡Qué bueno era encontrar monedas escondidas en la mesa de noche de los abuelos! concluyó.
Las 10 en punto anunciaba la campana del gigante reloj de manecillas labradas y números romanos; para el gentil caballero era el aviso de que todo iba lento, pera la concurrencia, el recuerdo de actualizar sus relojes de pulso, un estímulo colectivo que les invitaba a salir del pasado constante y certificar la dolorosa realidad que les afectaba, eran por lo menos 10 minutos más viejos de lo que creían. "Numero 23, posse passare".
Unas carcajadas llaman la atención. Como entrando a una feria, tres jovencitas ingresan al recinto, las miradas se vuelcan sobre aquellas bufandas de colores rosados, amarillos y verdes, graciosamente combinadas con jeans desgastados en los muslos y roídos por los zapatos tenis blancos y con chaquetas impermeables de material sintético, una azul, otra café y otra negra. No saludan, se pierden en la oficina.
Los llamados se aceleran, el ingreso se torna un poco más rápido, pero la felicidad no es para siempre y muchas caras que cansadamente felices acuden al llamado, salen esquivando las miradas como estudiante que ha salido del despacho del director. Algo no está bien, excepto por una buena silla que ha quedado disponible. Son las 10:35 a.m. "Numero 49, posse passare".
Casi a las 11 de la madrugada, una uva pasa que hay por recepcionista - no propiamente por lo dulce - por fin dice "Numero 68, posse passare", esos 10 minutos previos fueron eternos para el gentil caballero, del número 55 al número 60 nadie contestó, deserción, bendita deserción, murmuraba, pero ni qué decir cuando anuncian al número 65, su corazón se aceleró, las manos le sudaban al punto de quitarse los guantes de legítima piel, miraba el reloj, 10:54 a.m., el turno 66 desertó, el turno 67 era el señor de la tos quien incorporándose de la silla con ayuda del bastón, lentamente se dirigió hacia aquel agujero, nunca se supo más de él.
Por fin la voz, "Numero 68, posse passare"... No había terminado la frase y el gentil caballero ya estaba en el umbral de la oficina de escritorios viejos y olor a almizcle de abuelo, unos ojos azules vivaces le dicen "prego" mostrándole una silla de madera en frente del segundo escritorio del lado derecho. Era una de aquellas sonrientes 'raggaze' que había ingresado al recinto una hora atrás, la de la chaqueta azul con la bufanda rosada. En frente estaba el monitor de su computadora y una guirnalda de papelitos y notitas pegadas en la división del otro escritorio. Esto se ve bien, creyó el gentil caballero, pero como las obras de arte, es mejor verlas de lejos, porque aquella sensación placentera duró tanto como tardó en aparecer la halitosis de la 'ragazza'.
De su maletín aquel hombre, conservando las más estrictas normas de cortesía, decencia y buenos modales, saca y entrega a la fulana una serie de documentos requeridos para expedir una certificación de clasificación socioeconómica. Firmas, sellos, fotocopias y recibos de pago hacían parte de tan generoso paquete, no obstante de una ligera ojeada, la 'ragazza' mantiene una conversación privadamente pública con su amiga del lado, la de la chaqueta café y bufanda verde, otra carcajada. "scusami un momento" se dirigió al gentil caballero mientras se levantaba de la silla y se dirigía a un despacho interno de la oficina.
Esto no le daba buena espina al gentil caballero, el tiempo se hizo eterno, tres minutos más o menos tardó en regresar aquel aroma de pan con leche luego de decirle algo en secreto a su amiga, de estas frases sí hubo conversación privada, tan solo ellas y sus bufandas sabrán qué se dijo.
Después de un largo blablabla italiano, el gentil caballero escuchó la causa de las caras tristes de sus antecesores de la concurrencia... "Mi dispiace tantissimo non potere aiutarlo, ma bisogno del suo certificato dei soldi dell'anno scorso (2010) per spedire la sua classificazione socioeconomica italiana"... A lo que él arguyó... "Signorina, quello certificato è nel mio paese, siamo a L'Italia, gennaio ma starà presto fino febbraio, oppure marzo, chè cosa posso fare?"... Y la 'ragazza' le responde "non lo so! però se voglie aspettiamo fino febbraio o marzo e lo porta cuì con la respettiva traduzione al'italiano e con la conversione del denaro, della moneta del suo paese al euro".
El gentil caballero, dentro de la más respetuosa urbanidad le replica, casi suplica, "Per favore, capisce, quello certificato è dificile spedirlo senza la mia presenzia alla firma, più il tempo de la traduzione, il tempo ed il costo dell'invio, dove avere altra opzione, per cortesia".
"Non lo so, mi dispiace tantissimo", repitió aquella 'ragazza'.
El gentil caballero, ya no tan gentil pero siempre caballero, recoge sus documentos, se incorpora de la silla y con voz pausada pero con la mirada de inquisidor jubilado le dice a esos ojos azules "mi dispiace più a me, grazie mille..."
Ahora el caballero sale, como tantos otros, con la cara del estudiante castigado por el director, refunfuñando "tanto tiempo y tanta gentileza para que una 'ragazzina italiana' de veintitantos, en pleno invierno, oliendo a pan con leche y sin bañarse tan siquiera las lagañas ni quitarse el almizcle a "viejo" continente, te diga: non lo so!!!

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